• Ana del Pino Jamin para SeiszEnTidos.

El estrés.... ¡Ese laberinto que nos ata bien corto!


El estrés…. Esa palabra que tan a menudo se nos presenta de manera “casi” inesperada, es algo más que una simple palabra.

El nombre estrés deriva del latín de « stringere » es decir apretar, atar corto, estrechar. El estrés, entonces, nos estrecha.

El estrés se presenta de varias formas. De hecho desde un punto de vista más médico y también cognitivo, es una respuesta adaptativa de nuestro organismo frente a diferentes situaciones a las que nos tenemos que adaptar; se habla de « estrés positivo, eustrés » y de « estrés negativo, distrés ».

La cuestión, es que, al parecer, hemos de tener « estrés » para « vivir ». Concebir una vida sin que nada nos « apriete, nos ate corto o nos estreche » parece ser que no es viable hoy en día… Ahí está la gran cuestión : el estrés nos quita libertad al apretarnos, estrecharon o atarnos corto. Pero no nos damos cuenta hasta que su lazo tan sutil ya nos estrecha demasiado y empezamos a ahogarnos.

Hablamos de « Eustress » del estrés « bueno » aquél que se activa en situaciones que nos motivan mucho, nos llevan a la acción nos « despierta » y nos « activa » para conseguir « superar » lo que se nos presenta : un desafío, una situación novedosa, conseguir nuestras nuevas metas… Es un estrés que nos lleva la modo « hacer para conseguir » es decir, esperamos de todo lo que hacemos algún tipo de recompensa. Por eso somos tan activos, tan animosos, tan pro activos… Vivimos en el modo « recompensa » esperamos una recompensa de todo lo que hacemos: si bien es cierto que las sensaciones parecen ser agradables hemos entrado en un bucle que nos lleva a ser esclavos de aquello que queremos conseguir, de la recompensa, del reconocimiento, del desafío superado. Superamos un desafío y vamos por otro…. Recogemos y acumulamos laureles y galardones sin darnos cuenta de que posiblemente ya no somos capaces de parar. Efectivamente, sí… Este modo de vida nos ata bien corto

Al “distrés” se el considera el estrés malo: el estrés que nos enferma incluso físicamente, que nos agota, nos hace tener malhumor y respuestas desagradables, a veces incluso agresivas cuando “antes” no las teníamos. Nos hace “perder los nervios”, nos aísla, nos ensombrece, y sin embargo seguimos haciendo lo que hacemos: hacer por hacer, no renunciamos, nos empeñamos en seguir como si nada pasara a nuestro alrededor y seguimos haciendo porque es lo que hemos aprendido: hacer. Si no hacemos nos sentimos culpables, nos invalidamos, nos castigamos y nos obligamos a seguir una y otra vez hasta que ya las ataduras son tan estrechas que nos paralizamos poco a poco y ya nos somos capaces de responder. Es el estrés que se activa cuando nos encontramos en situaciones que no controlamos, que nos dan miedo o nos hacen sentir “más pequeños” “más inseguros” “menos capaces”; es el estrés que se activa también cuando pasamos por situaciones de pérdida (de seres queridos, de trabajo, de estatus profesional y personal.), de cambio inesperado, de novedades críticas: sin embargo seguimos adelante “haciendo por hacer” y no soltamos, no dejamos ir, por el contrarios nos seguimos atando a nuestro modo “hacer”

Estamos tan sometidos a la fuerza y protagonismo del estrés, creemos tanto en la necesidad de “luchar para superar el estrés y vencerle y volver a nuestra felicidad” que cuánto más luchamos, más nos agarramos con nuestra lucha a aquello contra lo que luchamos y esto, nos provoca aun más estrés. Porque, en realidad, cuando luchamos nos agarramos a aquello contra lo cual luchamos, y no conseguimos soltar.

¿Y si no fuera así? ¿Y si nos diéramos cuenta de que en realidad nosotros mismos somos los protagonistas de nuestro estrés y que por ello mismo podemos re-aprender a vivir sin él? Que podemos aprender a soltar y a aceptar en vez de luchar; podemos aprender a respirar y volver a nuestro cuerpo en lugar de quedarnos en nuestra mente, en nuestro mental. Podemos aprender a vivir desde el “ser, simplemente ser”

Desde la perspectiva de la psicología holística, somos cuerpo físico, cuerpo emocional, cuerpo mental, cuerpo espiritual y, también, cuerpo relacional; estos 5 cuerpos en su conjunto, son mucho más que su propia suma: en el equilibrio de todos ellos, encontramos nuestro bienestar global. La perspectiva del holismo, nos capacita para entender el estrés como una producción nuestra, como una situación sobre la cual podemos llegar a tener pleno control desde la aceptación y la compasión profunda de nuestra propia situación, de nuestro propio ser.

Con el equilibrio de nuestros cuerpos, nuestra percepción del mundo en el que vivimos satisface, en cierta medida, nuestro propio ego, esa faceta anidada en nuestro “cuerpo mental” que nos aporta “adaptación, adecuación y aceptación” en relación a nuestro entorno y a las personas con las que nos relacionamos; sin embargo, cuando nuestro ego se vuelve “disfuncional” nos vuelve dependientes de la imagen que proyectamos en los demás, alejándonos cada vez más de quienes somos en realidad para seguir siendo quién creemos que hemos de ser). Hemos de re-equilibrar entonces nuestros cuerpos para mantener nuestro bienestar global. Hemos de volver al “modo ser”.

Entender el estrés desde la perspectiva holística, nos permitirá recordar que tuvimos una época en nuestras vidas en la que el ego no tenía voz en nosotros y podíamos vivir sin miedos, ni temores, ni estrés. Y que esta época puede volver a sonreírnos si la recordamos, la reanimamos y la recuperamos: la época de nuestra primera infancia, hasta los cuatro años, la época en la que éramos pura energía, pura fuerza de amor, libres, sin barreras aparentes, pura energía. Entender esto, nos da ya algunas claves necesarias para prevenir el estrés, pero también para re-equilibrarnos y disminuir así su voz en nosotros.

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Ana del Pino Jamin. Psicología SeiszEnTidos.

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